El carácter de las personas está constituido por los hábitos que tenemos instaurados en nuestra manera de proceder.  Todo pensamiento conlleva una acción, toda acción configura un hábito, todo hábito genera un carácter y todo carácter marca un destino.

Los hábitos son factores tremendamente poderosos en nuestra vida. Constituyen pautas consistentes creadas a partir de acciones (de naturaleza inconsciente en la mayoría de las ocasiones), repetidas, diarias y constantes que llegan a conformar y expresar nuestro carácter y generan nuestra efectividad o inefectividad.

A pesar de la fuerza intrínseca que los hábitos tienen y que, en muchas ocasiones resulta francamente difícil su modificación y/o eliminación, lo cierto es que es posible desterrar hábitos largamente instaurados y sustituirlos mediante el aprendizaje e interiorización de hábitos de nuevo cuño.

Sin embargo, la modificación de los hábitos, su eliminación y sustitución por otros más efectivos no es una tarea fácil ni puede implementarse rápidamente. Hacerlo constituye un proceso de elevado esfuerzo y un compromiso de gran envergadura.

¿Que es el hábito?

El hábito constituye la confluencia de los siguientes tres aspectos: conocimiento, capacidad y deseo.

El conocimiento es el aspecto teórico o dicho de otro modo, responde a las preguntas qué hacer, y por qué.

La capacidad responde al modo de hacer o al cómo hacer y por lo tanto supone el modus operandi que en toda acción ha de implementarse.

El deseo, por último, constituye el tercer pilar fundamental en la configuración de un hábito y que atiende a la motivación o al querer hacer.

En nuestra sociedad, lamentablemente, se habla más que se escucha. La capacidad de escucha real es, normalmente, muy exigua y por lo tanto desde dicho punto de vista en muchas ocasiones se actúa pensando exclusivamente en nuestro deseo de manifestar nuestra opinión, en hacer partícipes a los demás de nuestros pensamientos, en comunicar “nuestros puntos de vista” en perjuicio de la escucha real y efectiva de lo que nuestro interlocutor desea trasladarnos.

Estamos más preocupados en manifestar “lo nuestro” que en atender y escuchar realmente lo que nuestro interlocutor desea trasladarnos.

Cada vez con mayor frecuencia se observa el desconocimiento que se manifiesta de la conciencia de la necesidad de escucha. Para poder actuar con efectividad es absolutamente necesario ser consciente o al menos que se sepa de dicha necesidad de escucha.

Incluso siendo consciente de que para interactuar con efectividad con mis semejantes tengo que escucharlos, puede que no se disponga de la capacidad para poder hacerlo por la sencilla razón de no saber cómo se escucha real y profundamente a otra persona, es decir, la  manera, o el modo de escuchar de forma eficiente.

Incluso sabiendo que necesito “escuchar” y disponiendo de los mecanismos o modos de escucha, ello no sería suficiente para instituir un nuevo hábito en tanto en cuanto no se dispusiera de un deseo real de querer escuchar, puesto que la carencia de dicho deseo conllevaría a que el nuevo hábito de “saber escuchar” no llegara a instaurarse, por cuanto que para crear un nuevo hábito hay que trabajar en las tres dimensiones que he mencionado al principio de este artículo.

Trabajando  sobre el conocimiento, la capacidad y el deseo, podemos llegar a tener nuevos niveles de eficacia personal e interpersonal puesto que ello nos ayudará a destruir nuestros viejos hábitos que, en numerosas ocasiones, puedan haber sido origen de falsas seguridades, temores y rutinas de bajo nivel.

El proceso es difícil y tiene que sustentarse o estar motivado en una meta superior al sacrificar lo que uno cree que quiere ahora por lo que querrá más adelante.