En nuestra sociedad, competitiva por su propia naturaleza, las exigencias son cada vez mayores puesto que no es suficiente la mera obtención de resultados y/o beneficios sino que, además, el rendimiento cosechado ha de intentar superar al obtenido por otros, lo cual supone disponer de métodos para desarrollar la más alta eficiencia en la forma en la que se acometen las responsabilidades.

La exigencia es un patrón de conducta que obliga a cumplir con los planes preestablecidos de forma rigurosa con exclusión de todo margen de flexibilidad ni posibilidad alguna de errar al pensar en distender el nivel de exigencia establecido.

La fijación de objetivos y establecimiento de metas que nos propongamos alcanzar ha de estar en consonancia con el nivel de exigencia que requerirán así como con una elevada dosis de motivación y capacidad necesarias para el logro de los mismos.

La voluntad de querer realizar un determinado proyecto, constituye la intención necesaria para abordarlo, aunque no suficiente, por cuanto además de dicha intencionalidad se requiere esfuerzo, constancia, paciencia, conocimientos así como la disposición a aceptar y tolerar la frustración. Un alto nivel de exigencia personal es la premisa previa para disponer de legitimación activa para exigir un similar patrón de conducta a los demás. Quien se exige mucho a si mismo suele, por regla general, ser exigente con los demás y por lo tanto dicho patrón de conducta constituye la vía más directa y saludable para aspirar a la excelencia.

No obstante ello, dicha premisa se cumple en muy pocas ocasiones puesto que cuando de exigencia se trata, la exigencia personal que uno establece para sí es, en la gran mayoría de las ocasiones, muy inferior en grado al nivel de exigencia que establecemos para los demás.

En muchas ocasiones el grado de exigencia personal no suele ser demasiado elevado. Y difícilmente se puede exigir a los demás aquello de lo que uno mismo carece. En nuestra sociedad es muy habitual actuar con grandes dosis de indulgencia cuando se trata de realizar una autocrítica de nuestro nivel de exigencia en el ámbito de nuestras actuaciones y responsabilidades.

En la mayoría de las ocasiones la exigencia proviene de personas investidas de un determinado nivel de autoridad, fundamento de su aceptación por parte de otras personas. En algunas ocasiones la persona que exige a otros considera que el buen rendimiento de otras personas tiene su causa en el control que de forma permanente se ha de ejercer, necesariamente, sobre ellos.

En el ámbito educativo, con mayor frecuencia de la que sería deseable, se evidencia que los objetivos establecidos al inicio del curso y cuya consecución se ha previsto para el último trimestre del curso académico, no se están cumpliendo lo cual está generando un perjuicio difícilmente reparable y muy honda preocupación en las familias al afectar a escolares en edades tempranas.

Quien establece un objetivo en el plano educativo, previamente ha de valorar y determinar el nivel de exigencia que conllevará a los alumnos, el grado de desarrollo personal del alumno para su consecución así como las distintas alternativas posibles para los supuestos en los que hubiere alumnos que demandaren un mayor nivel de atención y dedicación para el logro de los objetivos trazados.

Los profesores exigentes son quienes consiguen de sus alumnos sacar lo mejor de ellos mismos y dicho logro conlleva la alteración sustancial del concepto que de sí mismo dispone el alumno, incrementa drásticamente la motivación, eleva la autoestima y otorga gran seguridad personal al mismo.

Los profesores han de orientar su exigencia hacia la excelencia, en beneficio y mejor formación del alumno para lo cual ha de realizar su cometido dedicándose en cuerpo y alma en obtener el mejor desarrollo personal, académico y emocional del alumno.

No obstante lo anterior, el nivel de exigencia al cual se ven sometidos los alumnos sobre todo en los cursos de Bachiller, aunque también en la Educación Secundaria, en la gran mayoría de los supuestos es totalmente insuficiente. Altos niveles de exigencia conllevan excelentes resultados. Y no es precisamente la excelencia lo que irriga el sistema educativo actual sino todo lo contrario.

Sobran buenas intenciones y brillan por su ausencia metodologías, técnicas y destrezas que faciliten el aprendizaje y promuevan entusiasmo en los alumnos para formarse y mejorar constantemente su nivel intelectual.

Somos conscientes de la actual necesidad que tiene la inmensa mayoría de la población en proceso de formación de disponer de métodos y técnicas que faciliten, optimicen y promuevan el estudio y la formación personal. Por ello, instamos a todos a mejorar los actuales niveles intelectuales puesto que la única constante en la sociedad actual es el cambio y la permanente preparación intelectual.