Déjame que te cuente un caso real.

Cuando Jon apareció por la puerta algo me llamó la atención.

La forma en que se sentó ya me dejó entrever que la situación emocional por la que estaba atravesando era algo complicada. Más que sentarse, parecía que se había tumbado en la silla, los hombros caídos y la barbilla hundida, evitando cualquier contacto visual conmigo, las piernas estiradas, cada una mirando de forma descuidada a ningún sitio. Era la viva imagen de un joven derrotado.

Resultaba más que evidente que su autoestima no se encontraba en los mejores niveles de aceptación. Pensé que como en otras ocasiones, no iba a ser fácil entablar conexión y comunicación con él porque los adolescentes suelen ser muy reacios a expresar sus sentimientos y emociones, pero tengo que reconocer que con Jon me confundí.

En cuanto le pregunté sobre lo que le había traído a verme y cómo se sentía, me dijo que estaba desesperado, que a pesar de haber estudiado, sin embargo ese trimestre había suspendido casi todas las asignaturas.

Sus padres se habían enfadado con él y en parte pensaba que tenían razón. Les había decepcionado. Triste realidad. Y lo peor de todo es que no sabía lo que podía hacer para remediar esta situación.

Reconoció que nunca había sido un alumno brillante pero había ido superando los cursos con más o menos fortuna. Empezó el curso suspendiendo tres asignaturas y pensó que las recuperaría como lo había hecho en otras ocasiones.

Pero en esta ocasión las cosas se habían complicado; no sólo no había recuperado las asignaturas que había suspendido en la primera evaluación sino que en la segunda había suspendido 5 en total.

No encontraba una explicación coherente sobre lo que le estaba pasando, porque no había hecho una cosa distinta de lo que había venido realizando hasta ese momento.

Había seguido una estrategia inadecuada, la estrategia del avestruz, posponiendo la resolución del problema, no queriendo ver lo que resultaba ya evidente, con lo que había perdido muchísimo tiempo en vez de atajar la situación tan pronto como detectó que sus problemas alcanzaban cierta dimensión cuya solución estaba ya fuera de su alcance.

Era consciente de que ya no se ponía a estudiar con la misma motivación, es más, cada vez le costaba mucho más trabajo ponerse delante de un libro, buscaba siempre alguna excusa para retrasar el momento de sentarse y cuando conseguía hacerlo, perdía rápidamente la concentración reconociendo perder considerablemente el tiempo.

Admitió que había llegado un punto en que estudiar le agobiaba, además de aburrirle soberanamente, además ya no sabía como hacerlo. Cada vez la materia era más extensa y complicada y ya no llegaba a comprenderla y mucho menos a estudiarla. No sabía cómo hacerlo porque el profesor ya no les decía lo que tenían que subrayar y aprender.

Le hice una prueba de lectura. Los resultados fueron dramáticos. A sus 16 años tenía una capacidad lectora de un niño de 9 años, lo cual le impedía seguir el ritmo que exigen  los estudios correspondientes a su edad.

No permitas que algo así ocurra. Tú que tienes un hijo/a adopta la decisión, sin demora, ya mismo, de iniciarle en procesos de estudio, lectura, técnicas de estudio y concentración, memorización etc. de alto nivel y gran resultado.

No hacerlo supone agravar un problema que, seguro, se va a dar a futuro. Y cuando se da, te aseguro que suele ser muy tarde y suele estar aderezado con mucha tensión, incertidumbre, inseguridad, urgencia y gran estrés.

No hay razón alguna para llegar a dicho estado. Toma acción, decide a tiempo, antes de que sea demasiado tarde.

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